El drama de los ex empleados de ILVA que piden madera para calefaccionarse mientras reclaman sus indemnizaciones

A casi 10 meses del cierre de la fábrica ceramista ILVA en Pilar, un grupo de trabajadores despedidos mantiene un acampe frente a la planta y apela a la solidaridad para enfrentar el invierno mientras esperan el pago de las indemnizaciones que les corresponden.

Las bajas temperaturas complican aún más la situación de los trabajadores despedidos de la empresa ILVA. Hace más de nueve meses que un grupo de ex empleados mantiene un acampe frente a la planta ubicada en el Parque Industrial de Pilar, en reclamo del pago de indemnizaciones y salarios adeudados tras el cierre de la fábrica.

Con la llegada del invierno, los manifestantes lanzaron un nuevo pedido a través de redes sociales: donaciones de madera para poder encender fuego y mitigar el frío en las noches al aire libre. «Volvemos con la misma petición», expresaron en el mensaje. «Cada noche nos calefaccionamos a leña. Por favor, si tienen cualquier madera para donar a los trabajadores que resistimos hace 9 meses en las puertas de ILVA esperando justicia y que nos paguen nada más que lo que nos corresponde».

La historia comenzó el 29 de agosto de 2025, cuando Recursos Humanos comunicó a los empleados a través de un mensaje de WhatsApp que la planta cerraría temporalmente por tareas de mantenimiento . La sospecha se confirmó días después: el 1 de septiembre llegaron los 300 telegramas de despido .

Según denuncian los afectados, la empresa, perteneciente a las familias Zanon y Bocci, no abonó los salarios pendientes ni las indemnizaciones correspondientes. La firma, que durante tres décadas fue una de las principales exportadoras de cerámica del país y que fabricó el primer porcelanato argentino, argumentó la imposibilidad de competir con los productos importados en medio de la caída de la demanda local. Llamó la atención que luego, en septiembre de 2025, la empresa empezó a publicar avisos para contratar personal nuevo y cubrir los mismos puestos de trabajadores que pretendía despedir bajo causa de fuerza mayor y pagarles la mitad de la indemnización.

De los 300 trabajadores originales, alrededor de 150 continúan participando de la protesta. Algunos lograron conseguir nuevo empleo, otros iniciaron juicios, pero decenas de familias siguen dependiendo de la ayuda solidaria para subsistir.

«Seguimos en el acampe», relató Marcelo Barrionuevo, exdelegado de la planta y trabajador durante más de 20 años. «Somos trabajadores que nos levantábamos a las 4 de la mañana para ir a la fábrica y, de un día para el otro, nos dejaron en la calle sin nada y nos cambió la vida. Ahora tenemos que hacer una olla popular en la puerta de ILVA para poder comer. Si no fuera por la ayuda de la Agrupación Obrera Ceramista Filial Nº 2, que nos ayuda con alimentos y hasta para cargar la SUBE, no podríamos seguir».

Las familias sobreviven en tres gazebos improvisados, armados con cartones, lonas y tarimas donadas por vecinos y organizaciones solidarias. El municipio de Pilar colabora con baños químicos y mercadería, mientras que la alimentación depende en gran medida de las donaciones. Muchos trabajadores concurren al acampe junto a sus esposas e hijos para compartir las comidas comunitarias.

Entre las situaciones más delicadas, el exdelegado mencionó casos de operarios que atravesaban tratamientos oncológicos y familias con hijos con discapacidad que perdieron la cobertura de salud. También hubo trabajadores que debieron regresar a vivir con sus padres luego de ser desalojados por no poder afrontar alquileres.

La crisis alcanzó su punto más trágico el pasado 1 de mayo, cuando los excompañeros se enteraron del suicidio de uno de los trabajadores despedidos.

Actualmente, la esperanza de los manifestantes está puesta en la Justicia. El concurso de acreedores de la empresa tramita en el Juzgado Comercial Nº 13 de la Ciudad de Buenos Aires, donde los exempleados aguardan una resolución que les permita cobrar al menos parte de lo que consideran les corresponde.

«Hacer cerámica era nuestro mundo, nos hacía felices, teníamos obra social, éramos sostén de familia. Encima tenemos que soportar un gobierno nefasto con la clase obrera que sólo hace que cierren fábricas», lamentó Barrionuevo.

Mientras tanto, el acampe continúa frente a los portones cerrados de la planta, donde el silencio de las máquinas reemplaza lo que durante tres décadas fue el ruido de una industria que supo ser orgullo nacional.