Argentina, la obsesión táctica: una fábrica de directores técnico

El mundo del fútbol asocia a Argentina con la magia de sus números diez y la capacidad de sus delanteros para el regate. Pero hay otro producto de exportación tan importante como este, o más, pues Argentina es la cantera inagotable de entrenadores de primer nivel.

 Desde Diego Simeone en España hasta Mauricio Pochettino en Inglaterra o Lionel Scaloni en la selección, la presencia de técnicos argentinos en los principales bancos del mundo supera toda proporción demográfica.

Esta explosión de líderes tácticos es el resultado de la manera cultural de vivir el deporte, en el que el análisis y la discusión son tan relevantes como el juego. El fan argentino pasa horas hablando de táctica y eso se contagia a los profesionales. La influencia de un entrenador en un partido es total. Un cambio de formación o una sustitución en el momento justo pueden decidir un campeonato en cuestión de segundos. 

Esta capacidad de influir directamente es una variable que analizan al detalle aquellos que participan en las apuestas deportivas, conscientes de que el partido que se juega en los bancos de suplentes puede ser tan determinante como el talento de los jugadores en el campo.

Una neurosis constructiva

El técnico argentino es de una intensidad que raya en la obsesión. Para hombres como Marcelo Bielsa o Jorge Sampaoli, el fútbol es un trabajo de 24 horas analizando oponentes y puliendo el juego en equipo. Esta «neurosis» no es un fallo; más bien es el combustible que les permite competir con potencias económicas mayores. Las carencias que a menudo atraviesan los clubes de barrio agudizan el ingenio y afinan la estrategia para compensar la balanza.

A esta preparación obsesiva se añade una cualidad esencial para dirigir grupos. El argentino suele ser un orador persuasivo y sabe convencer al jugador; hace que el jugador se crea a pies juntillas la idea. 

Esta capacidad de liderazgo emocional es lo que los destacados clubes europeos salen a buscar cuando firman a un entrenador rioplatense. Necesitan a alguien que maneje egos y les inyecte mística ganadora, de esas historias que se leen en las crónicas de equipos campeones dirigidos por argentinos, donde la charla técnica hizo la diferencia.

El vestuario como una escuela de vida

Y por qué tantos exjugadores se pasan al banco de entrenador tiene que ver con lo que aprendieron en sus carreras. En Argentina, el vestuario es un campo de debate horizontal donde el jugador no se limita a ejecutar instrucciones, aprende a preguntar, a comprender el porqué de cada acción, a leer el juego.

Gabriel Heinze o Javier Mascherano eran entrenadores en el campo antes de retirarse. Esta evolución natural les permite acceder al cargo con años de experiencia resolviendo problemas tácticos en tiempo real. No necesitan tiempo para adaptarse porque han estado leyendo el juego estructuralmente toda su vida.

La herencia de dos concepciones antagónicas

La riqueza táctica del país siempre se alimentó de una puja feroz entre dos escuelas. El Menottismo es estético y posesivo, mientras que el Bilardismo es obsesivo por el detalle y el resultado. Durante décadas, el país se polarizó en estas dos vías, y los entrenadores tuvieron que casarse con una.

Los entrenadores de hoy, el actual cuerpo técnico campeón del mundo, son producto de esa guerra, pero han sabido reunir lo mejor de los dos mundos. Tienen el pragmatismo para defender un marcador cuando es preciso y la valentía para buscarlo cuando el oponente lo permite. Esta adaptabilidad es lo que les permite permanecer en un mercado global que necesita resultados instantáneos y cambios constantes.

Sin duda, Argentina logra producir tantos excelentes entrenadores debido a que saben que el fútbol se juega primero en la cabeza y luego en los pies.